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Els Joglars invita a Aristófanes a la fiesta de su 60 cumpleaños

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En diciembre de 1961, tres actores catalanes -Albert Boadella, Antoni Font y Carlota Soldevilla- que se habían conocido durante un curso de mimo en mayo de ese mismo año, se reunieron para redactar el acta fundacional de una nueva compañía teatral. Unos meses después ofrecían su primera representación pública en el Palau de les Nacions de Montjuïc, en el marco del Primer Salón de la Imagen de Barcelona. Había nacido Els Joglars.

Sesenta años y cuarenta espectáculos después, la compañía sigue rabiosamente viva. Hace una década su creador y ariete, Albert Boadella, cedió el testigo de la dirección a Ramón Fontseré, un actor que se incorporó a Els Joglars en 1983. «Albert -dice- es un artista muy generoso. Yo le pido consejo, como él nos pedía consejo a nosotros cuando dirigía. No tiene ningún inconveniente en echar una mano, dar su opinión o ver un pase».

Para celebrar este sexagésimo cumpleaños, Els Joglars ha vuelto la mirada hacia el padre de la comedia clásica: Aristófanes. '¡Que salga Aristófanes!' es el título del espectáculo que estrenaron hace tres semanas en el teatro Principal de Zaragoza y ahora presentan en los Teatros del Canal (hasta el 6 de marzo). «Además del gran maestro de la comedia griega antigua -explica Fontseré-, lo mejor que se puede decir de él es que gracias a él se conoce la sociedad del siglo V a.C. La historia de este país también se puede conocer a través de los espectáculos de Joglars, utilizando las mismas armas que empleaba Aristófanes: el humor, la comedia; era un auto muy soez y vulgar, pero capaz también de escribir unas páginas líricas extraordinarias».

La libertad del arte en contraposición a una sociedad exageradamente sobreprotectora y la dictadura de lo políticamente correcto late en el fondo del espectáculo. «Yo empecé con Joglars en 'Teledeum' -recuerda Fontseré-. Era el primer Gobierno de Felipe González y la sociedad española tenía una gran ansia de libertad; 'Teledeum' era una comedia de una representación ecuménica de diferentes religiones que se encontraban en un estudio de televisión para oficiar una misa conjunta. ¡Lo que ocasionó en algunos lugares parecía el 36! Nos tiraban huevos, nos desatornillaban las ruedas de los camiones… Yo tenía 23 o 24 años y me impactó mucho que una comedia pudiera provocar aquella reacción… Era una sociedad con unas ansias enormes de libertad. Albert siempre supo oler por dónde iba… Muchas de las producciones de Joglars de los años 80 y 90, sin embargo, hoy serían imposibles de hacer; tampoco la serie de televisión que hicimos, 'Ya semos europeos'… Nos crucificarían».

Y es que Ramón Fontseré asiente cuando se le pregunta si la correción política es enemiga de la libertad. «Hay que adaptarse a unos límites que te imponen, y lo mejor es que nadie les ha pedido que lo hagan. Pero si te sales del redil, del colectivo que seas, eres un traidor. Somos una sociedad que no se ríe de sí mismo, preocupada por no ofender, no frustrar… Es la moda actual». El peligro a la hora de crear, reconoce Fontseré, es caer en la autocensura. «Todo está minado, no puedes decir nada; pero es un riesgo que los artistas tenemos que asimilar. Cuando Velázquez pintó 'La Venus del espejo' estaba la inquisición, y estos no ponían multas… Ahora vivimos la muerte civil, el ostracismo».

Sesenta años son muchos años. El mundo ha cambiado radicalmente y también el teatro. Pero Els Joglars sigue fiel al espíritu con el que se creó. «Si nosotros estamos aquí es gracias a Albert, un gran artista lúcido y valiente que supo desvelar la realidad, algo que es muy difícil. Eso permanece, como las ganas de juego, entender este oficio de una manera artesanal. Eso no ha cambiado. Hacer teatro así era una utopía, y nosotros la hemos vivido. El espíritu, la estética, la ética de Joglars se han mantenido. Ahora hacemos en tres meses y medio lo que antes hacíamos en cinco, pero seguimos trabajando en la cúpula fuera de Barcelona. Quizás llevamos el manuscrito más preparado, porque tenemos menos tiempo para improvisar. Pero seguimos trabajando durante horas, con dedicación, cuidando el matiz. Cuanto más tiempo hay desde el primer día de ensayo hasta el estreno, mejor. Eso es algo impepinable en el mundo del arte: los fallos se han ido puliendo y el espectáculo sale más destilado y más cuadrado».

La cúpula a la que se refiere Fontseré es el espacio de ensayo de la compañía desde 1976; se construyó en la localidad barcelonesa de Pruït, a unos cien kilómetros de la capital. A pesar de la invariable catalanidad de la compañía, durante muchos años Els Joglars no pudo actuar en Cataluña. «Josep Pla les enseñó los paisajes del Ampurdán a Cela y Delibes y, ante su entusiasmo y sus conocimientos, le preguntaron por qué no daba conferencias. 'Porque no me alquilan', respondió. Yo decía lo mismo cuando me preguntaban por qué no actuamos en Cataluña. Es el precio que hay que pagar por ir contra el nacionalismo, contra este delirio; contra esta fantasía absurda que ha dividido a los catalanes, que ha provocado su decadencia. Nosotros hicimos después de mucho tiempo allí 'Señor Ruiseñor', que era una sátira del Procés, y vino gente que nos decía que ya era hora de que nos pudiéramos reír un poco de todo esto».

Y es que, concluye Fontseré, «el público sabe que el teatro es algo higiénico. Escolapio está al lado de Epidauro; uno curaba el cuerpo y el teatro curaba el alma».

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Aparentemente habíamos alcanzado una gran altura en la atmósfera, porque el cielo estaba de un negro intenso y las estrellas habían cesado.

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